Abre los ojos. Acaba de sonar su Blackberry morada. La luz del reloj digital ilumina todos los recovecos de la habitación, y tras la persiana se asoman unos atisbos de sol. Apaga la estridente alarma y descansa su mirada cinco minutos más. Debe levantarse, la universidad no espera. Con monotonía, hace la cama, a la vez que reflexiona sobre lo poco que ha dormido, temiendo que una vez más se quede dormida en clase de Constitucional. Trasnochar hasta las tres de la madrugada hace mella en su rostro, se mira en el espejo, y éste le devuelve el reflejo de una chica pálida y ojerosa, de mirada demacrada por el cansancio y su pelo rubio ensortijado reposa totalmente desordenado sobre sus hombros. Realmente está hecha un asco. Se viste sin rapidez, con un descuido impropio en ella, se abriga demasiado, no quiere que el aire acondicionado de su clase la resfríe. Intenta ordenar su maraña de pelo y disimular las bolsas que se le forman bajo sus ojos, rindiéndose a los pocos minutos y maldiciendo interiormente su aspecto de monstruo desaliñado sacado de cualquier libro de Stephen King. Baja a desayunar, se sirve zumo de naranja, ése que no le gusta, pero hay tantas cosas que han cambiado, que ya ni importa. Tuesta el pan, revuelve el colacao y desayuna.
Sale a la calle, el ruido de Madrid no la molesta, siente el frío colarse por sus calcetines, bendiciendo esa sensación que ya creía olvidada tras los largos días de calor intemporal. Llega a ICADE, los niños bien se arremolinan en las escaleras cerrando el paso, pero ella sólo piensa en que le esperan seis agotadoras horas de clase arrastrando su gran falta de sueño. Quizá en el descanso se compre un croissant relleno de queso y jamón york. Están verdaderamente deliciosos. Se sienta en su sitio, saca su agenda de Jordi Labanda. Ya no es capaz de prestar la atención debida en clase, pues acaba de ser consciente de que, tras una larga espera, hoy ha comenzado la cuenta atrás. Diez días.
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